martes, 6 de diciembre de 2011

Lo conocía de toda la vida. Estar con él era como estar con un hermano, tan natural como respirar. Conocía todo sobre mí y yo todo sobre él. Sabía que sentía incluso antes de que el se diera cuenta y su cara era para mí como un libro abierto; conocía todos sus gestos, siempre sabía que pensaba. Los abrazos y los besos eran frecuentes, sin ningún tipo de pudor ni compromiso, eramos amigos. Él era el mejor amigo que podía imaginar. Pero llegó el momento que esperaba que no ocurriera nunca: Le gustaba. Todo cambió entre nosotros, la confianza se quebró como el cristal y muy a mi pesar me di cuenta de que yo también podía llegar a sentir algo diferente a la amistad por él. Comenzó así una relación, que estaba destinada al fracaso. Una parte de mí siempre supo que no podía salir bien. Me lo pase en grande, disfrute más que nunca en la vida experimentando sensaciones desconocidas. Me pillé hasta las trancas. Hasta que me hizo daño. Se aprovechó de mi, pero lo peor es que aunque lo sabía, yo no podía dejar de caer en sus brazos, porque lo necesitaba. Me sentía como una inútil y me trague noches enteras llorando, hasta que decidí terminar con todo, porque nadie se merece algo así. Me di cuenta entonces de lo ciega que había estado y de que en realidad no lo conocía en absoluto. Hasta las personas a las que creemos conocer mejor pueden traicionarnos y desconocidos pueden consolarte como si fueran amigos de toda la vida. No podemos quién acabará haciéndonos daño y no podemos cerrarnos a todos por miedo a sufrir. 

No dejes que nadie pueda contigo. Si te caes 7 veces, te levantas 8. Porque lo que no te mata, te hace más fuerte. 

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