domingo, 6 de febrero de 2011

Mi nueva historia: La promesa que cambio mi vida Cap 1

Siempre me planteé escribir esta historia pero no lo había hecho hasta hoy. No es un día especial, no ha pasado nada importante ni he tenido un accidente que haya cambiado mi vida, simplemente tenía ganas de escribir mi historia, hoy, ¿por qué no?  Y un gran dilema, por dónde empezar, supongo que estaría bien aclarar quién soy. Lo primero es lo primero y como en cualquier presentación lo primero es el nombre: me llamo Ángela. Siempre me gustó mi nombre, sobre todo por lo que significa para mí. Ahora, a mis 40 años vivo en Nueva York, aunque solo desde hace unos meses y por trabajo. Esta ciudad me encanta, aunque espero volver pronto a Cádiz, donde de verdad me siento en casa, aunque en realidad no nací allí, sino en Niamey, Níger. La gente se extraña de mi nombre, que no corresponde con el lugar en el que nací, se debe a que ese nombre me lo pusieron mis padres adoptivos, que nunca fueron capaces de pronunciar mi nombre. En parte se lo agradezco, porque aquel nombre me evoca parte de mi vida que no recuerdo con mucha alegría.
Todos se preguntan injusta-, pero comprensiblemente como ha podido llegar alguien nacido en Níger, donde más de dos tercios de la población sufren pobreza a vivir en un maravilloso ático en Nueva York, supongo que la única explicación es que sencillamente tuve suerte. Bueno os contaré como empezó todo.
No tengo ni idea de dónde nací exactamente ni quienes son mis padres. Mis recuerdos comienzan en un pequeño orfanato de la capital donde me acogieron y me dejaron vivir como pudieron. Los pequeños detalles que aún guardo de mi edad más temprana no son muy agradables. Aún me acompañan en mis peores pesadillas cadáveres de niños desnutridos y las palizas que me pegaron en algún que otro intento de robo que no puedo justificar pero de los que no me arrepiento. Cuando no se tiene para comer robar un poco de pan no puede considerarse algo tan malo. Pero mi alma infantil se empapaba de las cosas bellas de la vida y tan bien como esas malas experiencias recuerdo también tardes pasadas bajo el sol, juegos de niños y amigos en el orfanato. Al igual que la vocación con la que el joven dueño de la casa de acogida nos daba todo lo que podía poner a nuestro alcance, sin importarle aparentemente sumirse en la misma pobreza que los demás niños. Aún así muchos niños morían por desnutrición y otras enfermedades causadas por nuestra precaria situación. Aunque todas las muertes causaban en mi dolor la peor fue la de mi amiga Aba, su nombre significaba nacida el jueves, el único dato que el director tenía de ella y al que le debía su nombre. 

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