lunes, 7 de febrero de 2011

La promesa que cambió mi vida. Cap 3

Quería pediros ayuda para cumplir una promesa que me hice hace muchos años, y que es muy importante para mí.- Y procedió a contarles su historia. Nunca antes se la había narrado. Desde que llegó a Cádiz nunca había hablado con sus padres adoptivos de su vida anterior, no quería hacerlo. Ellos tampoco la presionaron demasiado, no querían hacerle recordar aquellos años de su vida en los que tan mal lo había pasado. Durante la narración sus padres permanecieron callados, escuchando expectantes pero sin que ninguna expresión cruzara su rostro. Ángela los miro fijamente. Su madre, María vestía un bonito camisón de seda que se ajustaba a su delgado cuerpo y una bata anudada a la cintura. Estaba sentada con las piernas cruzadas y miraba a su hija, y en sus ojos marrón miel podía verse un atisbo de ternura. A pesar de la temprana hora su pelo estaba ya elegantemente recogido en un moño tirante en la nuca, que le daba un aspecto severo a su rostro. Su padre vestía también un clásico pijama de cuadros y una bata rojiza que le hacía parecer imponente. Sus marcadas facciones hacían de él un hombre atractivo a pesar de sus 62 años, al igual que su pelo, no del todo blanco pero canoso. Unos grandes ojos verdes parecían mirar siempre con severidad, pero un observador atento podía ver con facilidad un brillo de emoción cuando miró a su hija.
-Hija, sabes que siempre te apoyaremos, ¿pero no crees que es un poco precipitado?- Esta vez fue su madre quien habló. Con una voz más grave de la que predecía su frágil aspecto, pero aún así suave.
-Madre, tiene que ser ahora. Siento que tengo que hacer algo y los niños no pueden esperar. Solo pienso en cómo es la vida allí, y siento que no puedo esperar ni un día más para ponerme en marcha. Si no me apoyáis marcharé igualmente, tengo que hacerlo, por ellos, pero también por mí, y por la niña que un día fui.
-Está bien, si de  verdad es lo que quieres... Pero ten mucho cuidado por favor, ya sabes que es un sitio peligroso...- Susurro su madre, no muy convencida.
Su padre, hombre de pocas palabras asintió con la cabeza y continuó leyendo el periódico como si nada hubiera sucedido. A los pocos instantes su madre también dio un sorbo al café y siguió desayunando. Era su forma de dar por zanjada la conversación. Ángela supo que no había más que decir y se levantó de la mesa para dirigirse a su cuarto.
Subió las escaleras de caracol y anduvo por el espacioso pasillo hasta su habitación, al fondo del corredor. Su cuarto estaba pintado de marrón desvaído y en la parte más alejada de la puerta un gran ventanal con vistas al mar arrojaba luz sobre una cama en el lateral derecho de la habitación. La cama era de matrimonio, pero de las más pequeñas. Con un soporte de madera y un grueso colchón de látex y sábanas combinadas de marrón claro, oscuro y beige. Un viejo escritorio de tradición familiar estaba lleno de guías de medicina y tochos de apuntes. En sus pequeños cajones contenía material de escritorio, y pequeños objetos personales. Y un ordenador portátil sobresalía entre todo aquel caos. Lo encendió para informarse de su viaje a Niamey. Inmediatamente un par de alarmas saltaron en la pantalla. Su amiga Sara le hablaba por msn.
Sara: Hey, ¿dónde estás? Estoy en la clase de anatomía con don Francisco, ¿por qué no has venido?
Ángela: Puff... Es una larga historia, ya te contaré. Aunque no sé si voy a tener tiempo, mañana me voy a Niamey.
Durante unos minutos nadie contestó. Sara estaría confundida. Todos sus amigos sabían que era adoptada, como delataba su bronceada piel, aunque no fuera negra, ni siquiera mulata, era más oscura de lo habitual. Pero también todos sabían que ella evitaba hablar de su vida allí.
Sara: ¿Y eso? No sabía que estuvieras interesada en volver, ya sabes por todo el tema de...
Ángela: Sí lo sé, ni siquiera yo me lo esperaba, pero me voy, es importante y tengo que hacerlo lo más rápido posible.
Sara: Bueno, tengo que irme, te llamo mañana a ver si me explicas un poco de que va esto. tk
Y cuando se dispone a cerrar sesión una nueva alerta, Pablo.
Pablo: Hola amor, ¿qué haces hoy?
Lo había olvidado. Pablo era su medio novio. No estaban enserio, pero no porque el no quisiera, era Ángela la que no estaba muy segura. Se sentía bien con él, pero también se sentía bien con su padre. Era su mejor amigos, simpático y atractivo, pero no sentía nada especial por él, el amor tenía que ser algo más, algo que nunca había sentido pero que tanto anhelaba. Su belleza exótica había atraído a multitud de hombres, pequeños rollos que no pasaron de un mes, ya que ella terminaba cansándose de ellos, antes o después. Pablo era el único con el que estaba durando un poco más, casi cinco meses ya, pero ella no lo quería, aunque él se empeñara en creer que sí. Ni siquiera había pensado en él al decidir irse a Niamey.
Ángela: Pablo, tenemos que hablar, es urgente. ¿Nos vemos a las 5 en la plaza de San Antonio?
-Mejor voy directamente a tu casa y así podemos ir a tu cuarto... Tengo ganas de abrazarte.
-No, no es eso de lo que quiero que... hablemos. En la plaza de San Antonio a las 5, no llegues tarde.
-Vale, me voy amor. Te quiero.
No puedo decir lo mismo- pensó Ángela, aunque no lo escribió, habría sido demasiado brusco.

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