lunes, 7 de febrero de 2011

La promesa que cambió mi vida. Cap 2

Aún recuerdo aquel día. Volvíamos de arar en el huerto de unos vecinos a cambio de un par de nairas. Entonces, de repente y sin previo aviso Aba se desplomó, golpeándose fuertemente en la cabeza, pero sin llegar a sangrar. La verdad es que esto no me impresionó demasiado, con una dieta como la que llevábamos no era la primera niña a la que veía desmayarse. Intente ayudarla levantándole los pies y procurando darle aire, no podía hacer mucho más ya que el pozo más cercano se encontraba a un kilómetro de distancia. Al ver que no reaccionaba fui corriendo a llamar al director que la cogió en brazos y la llevo a su diminuto despacho donde intento reanimarla como pudo. Era inútil, Aba murió en el mismo momento en el que tocó el suelo. En ese mismo momento, cuando me aseguré de que Aba estaba realmente muerta me hice una promesa. Dedicaría mi vida a salvar a gente como Aba, a sacarla de aquellos orfanatos donde malvivían como podían para intentar darles una vida mejor.
Al día siguiente fue mi doceavo cumpleaños, y un matrimonio español que visitaba la ciudad con un safari se fijo en mí y decidió adoptarme. Era la cosa más maravillosa que me había pasado en la vida. Que adopten a una niña de doce años es raro, pero encima en un orfanato como ese y con el aspecto que ofrecía... No es que fuera fea, pero estaba en los huesos y tenía la cara demacrada, además de estar cubierta por una capa de suciedad. Pero el milagro ocurrió, un día después de la promesa que me hice y como por arte de magia salí de ese agujero para pasar a tener una vida llena de lujos en una bonita y antigua casa palacio gaditana.
Después de un giro tan radical continué mi vida, me adapte rápido y con ayuda de un profesor particular conseguí incorporarme al instituto un año más tarde. Aprendí con rapidez, ya que siempre tuve una mente despierta. Así al cumplir los veinticinco años ya había acabado una carrera en medicina y empezaba a realizar el MIR en un hospital cercano a mi casa al que iba caminando cada mañana. Un día, de camino, que pasaba al lado del mar vi una patera. Más de cuarenta hombres, mujeres y niños extremadamente delgados, empapados y sucios vestidos con harapos temblaban de frío en una helada mañana de enero mientras unos enfermeros de la cruz roja intentaban ayudarlos y taparlos con mantas. Entonces recordé algo. Una promesa que me hice muchos años atrás, cuando solo tenía doce años. Yo había prometido ayudar a huérfanos con problemas en Niamey y sin embargo a mis veinticinco años me había dedicado a disfrutar de mi nueva y lujosa vida sin haber llegado a hacer nada por niños como yo que tanto sufren. Supongo que porque una parte de mi quería olvidarse de aquella etapa de mi vida, pero no era una excusa. Y me decidí a cumplirla, en ese mismo momento. Volvía mi casa, dónde mis padres aún en pijama leían el periódico y desayunaban. Ambos mostraban un porte elegante, serenos y seguros de sí mismos. Con la mirada profunda, no solían mostrar sus sentimientos. Eran gente seria y formal, de las de antes. La habían educado siempre estrictos pero con la mejor intención, de verdad la querían como a una hija.
-Padres, quiero pediros algo.
-¿Y bien? Cuéntanos hija que es lo que quieres y lo tendrás, siempre  cuando sea algo razonable claro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario