miércoles, 9 de febrero de 2011

Cap 7 (mh)

Salió, se montó en su pequeño mini rojo, regalo de sus padres al acabar la universidad y condujo, al único lugar al que supo que podía ir en ese momento, a ver el mar, a la Caleta.
Llegó, aparcó de cualquier forma y se sentó en el muro que separaba la acera de la arena, mirando al mar. Una temprana puesta de sol en el mes de enero.
Y recordó algo que le dijo Jaime.
-Mira Bea, para superar una emoción, hay que vivirla al límite. Por ejemplo, si quieres superar el dolor, deja que entre, siéntelo, llora si lo necesitas. Y después piensa, lo he sentido, no me gusta, asique lo aparto de mí. Y podrás olvidarlo y no volver a sentir dolor por ese tema.
Decidió hacerle caso. Dejo que el dolor por la muerte de Jaime la embotara. Lloró, lo echo de menos.
Y fue cuando de verdad pudo apreciar la belleza de aquel momento. Podía sentir su pelo, ligeramente alborotado por la brisa, ver los diferentes colores que teñían el cielo durante la puesta de sol, oír el susurrante ruido de las olas que rompían en la orilla... y ese olor a sal.
Y entonces pudo olvidar, el dolor se fue. Seguía echándole de menos, pero sabía que él estaba bien, con Mar, y ya no sufría.
Y en ese momento, aunque aparentemente nada hubiera cambiado, su visión de la vida cambió por completo. Tomó una decisión.
Saliendo de ese momento de paz, volvió a su pequeño mini rojo y comenzó a conducir.
Llegó a su casa, a casa de Miguel, se detuvo en la puerta. No estaba segura de lo que iba a hacer, pero sabía que tenía que hacerlo, dejarlo vivir sin pensar en ella, darle la oportunidad de olvidarla.
Dio dos suaves toques a la puerta y esperó. Entonces él le abrió, solo llevaba unos pantalones de chándal. Se había cambiado nada más llegar. Bea se dio cuenta desde que lo conocía, en tan solo unos meses su físico había mejorado, mucho. Lucía unos bonitos abdominales, el pelo un poco más corto le sentaba de miedo, y parecía que incluso estaba más moreno. Y sus ojos... seguían siendo marrones, pero la miraban con una intensidad muy muy sexy. Sin darse cuenta se mordió el labio, anhelante. Lo deseaba, muchísimo. Pero el era de otra, ninguna posibilidad.
-Eh hola Bea, ¿estás mejor? ¿qué haces aquí?
-Quería hablar contigo, Miguel...
- Pasa, pasa.
Ella, vergonzosa como nunca antes se había sentido entro en la casa, donde por fin iba a hacer lo que debería haber hecho desde un principio, volver a ser su amiga, dejarle ser feliz con Rocío, aunque sufriera por verlo con otra, el amor es ser feliz con la felicidad de la persona amada, y si él era feliz con Rocío lo aceptaba, porque lo quería, muchísimo.
Él le sonrió, expectante, se sentó a su lado. Esperando que ella comenzara a hablar.
-Miguel, nunca hemos hablado de esto. El primer día en el bar, me lo pasé muy bien. Pero ahora tú estás con Rocío. Y sé que he sido una amiga pésima. No te he hecho apenas caso, y me importas mucho aunque haya pasado poco tiempo. Bueno, que quiero que seamos amigos, bueno amigos. Quiero que estés cerca.
-¿Sabes? Quizás yo no quiero ser tu amigo. Para mí lo del bar no fue solo un rollo de una noche, me gustabas. Ya pude comprobar que yo a ti no. Y no, de hecho no quiero ser tu amigo. No quiero pasar tiempo contigo sabiendo que en cualquier momento puedes ser de otro, porque eso me mata de celos. Te quiero Bea, y no quiero ser tu amigo. Solo quiero que me dejes superar esta puta adicción a ti.
- Te quiero Miguel.
Tan solo 3 palaras, Bea pronunció tan solo 3 palabras, que en ese momento cambiaron todo.
Él la besó, sin miedo esta vez, con pasión. Ella era suya, por fin, para siempre.

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