lunes, 7 de febrero de 2011

Cap 5 (mh)

Y una lágrima de emoción recorrió su mejilla. Tenía delante a un hombre que había sido malo, repugnante y sin embargo se había convertido en una buena persona, como hay pocas, por amor. Y sus ojos azules, la miraban fijamente a los ojos, intentando transmitir un sentimiento tan grande como lo era el sufrimiento de haberle hecho daño a ella, su amor, al que nunca olvidó. Y ya solo quedaba una pregunta por hacer.
-¿Cómo se llamaba?
-Mar..., se llamaba Mar. Mar, cómo el mar en el que pediré que se esparzan mis cenizas, en el mar de Cádiz.
Bea, se sentía tan confusa. Apenas podía creer de qué manera se había sincerado con él, un extraño. Y no sabía por qué. Ya que estaban, una pregunta más.
-¿Y nunca amó a ninguna otra mujer? Era usted muy joven cuando ella... No sé, pudo enamorarse de otra.
-Claro que sí, he amado a muchas mujeres. Incluso me he casado con una de ellas, y la quiero, de verdad la amo. Pero no es lo mismo. En la vida podemos enamorarnos muchas veces, cientos de veces. ¿Pero el amor de tu vida? Ese no se olvida nunca, es para siempre y solo hay uno, y ella fue mi gran amor.
Ella no supo que decir entonces, se quedo callada, mirándolo. Se sentía tan confusa, se retiro el pelo de la cara, distraída. Absorta en las palabras de Jaime, un desconocido, que se había sincerado de forma sorprendente con ella.
-Sabes- siguió Jaime- Cuando encuentres a esa persona, no la dejes escapar. No seas cobarde. Porque nos da miedo, nos da miedo a confiar, pero debes hacerlo para ser feliz. Y solo suele haber una oportunidad, yo la cague, intenta no hacerlo tú.

Y durante los siguientes días ella iba a visitarlo a la habitación. Se escapaba siempre que podía y hablaban, el le daba consejos, de verdad hablaba como un sabio. Y ella disfrutaba mucho escuchándolo. Pero su voz era más débil cada día. Bea casi podía ver cómo iba muriendo, lenta pero inexorablemente.
Compartieron conversaciones, incluso se escapo alguna risa. Y un día ella le contó todo. Sergio, lo mal que lo pasó. La noche con Miguel. Lo que después hizo con Fer. Se desahoga. Llora. Jaime se acerca y atrapa una lágrima que cae por su mejilla.
-Bea, no debes llorar. ¿Por qué te arrepientes de lo que hiciste? Sabes, yo siempre he pensado que arrepentirse es de tontos, porque no podemos sentirnos mal por algo, que cuando lo hicimos, nos pareció lo correcto. Además, hay dos tipos de errores, los que no tienen solución y los que se resolverán solos, con el tiempo. Por lo que no debemos preocuparnos. Asique tranquila, además, tu error es de los que se arregla solo. Porque el amor, siempre gana, bueno, casi siempre.
Y este simple razonamiento consiguió sosegarla, consolarla.
Y muchas más charlas en aquella triste habitación, que apenas algún que otro familiar visitaba semanalmente.
-Bea, en cada momento de nuestra vida, la más mínima relación que establecemos con una persona ya es una historia. Incluso cuando le pagamos al pizzero. Nuestra vida se compone de historias, la mayoría pequeñas, algunas grandes que ocupan toda nuestra vida. Hay historias tristes, alegres, miedosas, divertidas, graciosas, aburridas, simples, complejas, hirientes. Y yo no me he perdido ninguna, y tú deberías hacer lo mismo. Vive todas las emociones, porque es tan importante haber reído como haber llorado, porque todas esas emociones nos hacen como somos y debemos  experimentarlas todas. Porque igual que creo que una vida sin amor es muy triste, también una vida sin haber sentido nunca dolor es incompleta.

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